Diario

Una cárcel llamada virginidad

Hay que ser virgen hasta llegar al matrimonio.

Hay que ser virgen hasta llegar al matrimonio. Hay que ser virgen hasta llegar al matrimonio. Hay que ser virgen hasta llegar al matrimonio.

Esta frase resume mis 12 años de educación religiosa en el colegio. Por eso la repetí más de una vez, porque así mismo sonaba en mi cabeza. ¿Educación o adoctrinamiento? A estas alturas de la vida, me vale, pues demás está decir que no voy a llegar virgen al matrimonio. Y esto no se trata de que soy una pecadora, ni que le falté respeto a Dios o a mi cuerpo; es que simplemente soy mujer. Mujer que siente, que desea, que se excita. Pero esto no lo enseñan en el colegio, ¡primero muertos! Enseñan que el cuerpo de una mujer es sagrado, que el sexo es solo para concebir y que una mujer que no sea virgen no se puede vestir de blanco el día de su boda. ¿Ven qué ridículo suena? ¡Como si casarse debiera ser una meta en la vida de cada mujer, ¡ja!

Por 12 años consecutivos escuchamos lo mismo, encerrando nuestra naturaleza y manteniéndonos bajo control, utilizando el miedo como agente. Quizás cuando tenemos 5 o 6 años, esta frase no tiene un verdadero impacto en nuestra vida, pero llegan los 12, 13, 14 y comenzamos a sentirnos distintas. Empieza la transición de niña a mujer. Nos crecen los pechos, nos salen vellos púbicos y comienzan los dolores de menstruación. ¡Ah! Este es otro tabú, pero mejor ni empiezo a discutirlo porque nunca acabo.

Después llegan los 15 y 16, y ese chico que tanto nos gusta nos invita a salir. Comenzamos a sentir sensaciones nuevas. Besarnos se vuelve algo cotidiano, y querer estar solos y tocarnos también. Pero detrás de mi cabeza retumbaba la misma frase: “hay que ser virgen hasta llegar al matrimonio”. Entonces aparecieron límites, defensas. Esas gigantes paredes que ponemos entre una persona y nosotros por temor a que nos haga daño, fueron creadas por mí, a la vez que construía mi celda.

Así llegó la edad más esperada: los 17 y 18. Sacamos la licencia, empezamos a beber “legalmente “, y llega lo más esperado: la noche del prom. Pero no es lo más esperado necesariamente porque gastamos billetes largos en los peinados, trajes y maquillaje: sino que ustedes saben por qué. Recuerdo la mía como si fuese ayer, la pasé horrible con un novio que ni caso me hizo. En cambio, casi todas mis amigas tuvieron sexo por primera vez. Todas tenían una historia distinta; que si le dolió, que si no pudo terminar, que si lloró después, etc. “Pero, ¿qué sentiste? ¿Cómo fue?”- les preguntaba. “No sé como explicarlo, te sientes libre.”- una de ellas me contestó. ¿Libre?, yo también quería sentirme libre. Pero es que mi caso era crítico porque no solo el colegio se había encargado de inculcarme el miedo, sino mi madre también. Cada vez la celda se convertía en mi mundo, del cual cada vez se me hacía más difícil escapar.

Llegar a la universidad fue como respirar aire nuevo. Nuevas amistades con distintas perspectivas, y claro, todas ya habían tenido sexo. Entonces estaba yo, la que varios hombres se le acercaban, pero siempre rechazaba invitaciones porque, “es que todos solo quieren tener sexo conmigo y ya”. Me di cuenta que el colegio, mi madre y sus sermones diarios me habían ganado. Habían adquirido control sobre mi cuerpo, sobre mi pensar, sobre mi ser. Me encerraron en la celda que yo misma construí, pero ellos tenían la llave. ¿Esto me estaba pasado a mí? ¿Aquella chica que se autodenominaba independiente, madura y segura de sí misma? Algo no cuadraba, y yo estaba dispuesta a salir del encierro que me mantenía infeliz. Intenté liberarme poco a poco, acepté conocer y salir con varios hombres en mi primer año de universidad, pero todavía no era suficiente, todavía tenía miedo. Hasta que un día decidí no pensar y dejarme llevar por lo que sentía. Mi cuerpo vibró, desde la cabeza hasta la punta de mis pies. Cerré mis ojos y me despojé de mis inseguridades a la misma vez que mi ropa tocaba el suelo. Aprendí a conocer mi cuerpo, a quererlo. Lento, rápido, suave, rudo, dulce, en la cama, en el carro, donde fuera. Lo hice en todas partes, porque quería y podía. Lo más importante de todo es que después no me sentí culpable. Bueno, quizás un poco, ¡pero de no haberlo hecho antes! Tener sexo me hizo quererme más, abrazar mis imperfecciones. Ya no me importaba tener los pechos pequeños. Pude entender que lo que sentía es algo natural, que es un deseo dentro de cada una de nosotras y que satisfacerlo es una de las mejores experiencias que podemos sentir en nuestras vidas. Aprendí que el momento es ahora, no después. Me hizo una mujer más segura de sí misma, seductora y sensual. Por primera vez, me sentí orgullosa de ser mujer; fui libre.


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