Vomita fuego

Su pequeña Venus

Los hombres mayores que yo suelen causar ese efecto en mí, y eso me encanta. Me siento como su juguete.

Esta historia está basada en hechos verídicos, aunque parte fue modificada. Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

Era una noche fría, lluviosa, y yo con deseos de calor humano para combatir los días mojados. 
Le escribí que le estaba pensando y, como si estuviéramos en la misma sintonía, me dijo: — “Con este frío, me iría a la cama con usted”. 


“Usted”, él siempre tan respetuoso y discreto; volviéndome loca con su discreción. Lo que me provoca es corromperlo. Los hombres mayores que yo suelen causar ese efecto en mí, y eso me encanta. Me siento como su juguete. Su pequeña Venus. Su Afrodita que revolotea en la noches. Cupido enardecido queriendo flechar un corazón. La que llegó a corromper sin ‘ton ni son’.


Así llegué, con el cuerpo generando electricidad, y desde lejos él podía olerme. Llevaba días deseando su piel y esa noche estaba hambrienta pero, para mi sorpresa, más hambre tenía él.


Me quité el chaleco revelando un trajecito coqueto. “Viniste a tentar”: me dijo, y sin malgastar un segundo, comenzó a devorarme los labios, la barbilla, el cuello y los senos. Me mordió un poco; él sabe que me gusta. Cada vez salivaba más, dejándome saber las ganas que me tenía.

Siguió besándome hasta llegar a mi entrepierna y me comió en sintonía con mis gemidos, haciéndome llegar a la cima de una. Me cosquilliaba. Me saboriaba. Me hacía temblar.


Me gusta que él no habla durante el acto. A veces, las palabras no son necesarias cuando el calor de nuestros cuerpos nos deja saber tanto; y mi cuerpo definitivamente le estaba hablando. Yo quería sentir más y su mano ya estaba ahí, sin necesidad de decirlo. Pero comenzó sutil para provocarme, pues a él si le gusta escucharme pedir. “Me quiero mojar”: le rogué; y como acto de mágica, me agitó hasta que corrientes de agua bifurcaron por mis piernas, mojando sus manos. 


Entonces me sentó sobre él. Me quería arriba, al mando; quería ver mi deseo y yo no podía esperar más. Se desnudó y se posicionó en frente. Me presionó su erección antes de entrar. ¿Un aviso o una provocación? No sé cuál fue su intención, pero esa pausa me hizo delirar, me desprendí, perdí la visión y me lancé en un viaje cósmico. Me penetró y lo sentí completo. La energía del deseo en mi interior era cada vez más fuerte y ocupaba cada espacio en mí. Él iba con cuidado, pero mi cuerpo quería moverse con desenfreno, como una estrella fugaz. Pasó su nariz por mi pecho, aspirando mi esencia y usando mi deseo como motor. Tenía la curvatura perfecta que llega ‘al punto’, y se deslizaba delicioso, entrando y saliendo de mí, hasta que me derramé toda.


Así estuvimos jugando toda la noche, o mejor dicho, él jugó conmigo toda la noche. Es de los que le gusta complacer y hacerme suya; y yo no me quejo. 

Una vez estuve más que satisfecha. Entonces le tocó a él.



por ‘La que vomita fuego’