Diario

Orgasmo unísono

Esta historia es basada en hechos verídicos. Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

Lo recuerdo como si fuera ayer, pero fue hace muchas noches atrás. Era mi cumpleaños y vine a la ciudad a celebrar con mi jevo de aquel tiempo (un amor inocente aún). Se sentía como esas primeras citas en las que estás en tu mundo con esa persona. No escuchas, ves o atiendes otra cosas que no sea él o ella; sonríes por todo y cualquier leve roce te envía corrientes de cosquillas por la espalda.

Nos recuerdo divirtiéndonos y conectando cada vez más profundo luego de cada risa.


Era un fin de semana de esos en los que viajaba a San Juan para quedarme con él, pero esta vez era mi cumpleaños y lo queríamos hacer especial. En aquel entonces, yo moría por ir a la feria, comer y bailar; y él estaba para complacerme. Había mucho cariño, atención y coquetería. Aún teníamos esa fogosidad de adolescentes y amor prematuro, en el que jugábamos con nuestras miradas, sabiendo lo que nos esperaba. 


Luego de la feria, nos fuimos a un bar y allí la cosa se puso buena. Unos cuantos hits antes de bajarnos para poner el cerebro en las nubes y la entrepierna caliente. La noche seguía llena de charlas, caricias y mucho coqueteo. Me apretaba la cintura. Me tomaba por los brazos. Me besaba en los callejones desiertos. Me miraba con intensidad cuando se apartaba por un momento. Juro que casi se olía nuestro deseo. El aura de fogosidad entre nosotros era tanta que contagiaba.

Nos quisimos ir, pero no teníamos a dónde. –“Vámonos al motel.” Le dije sin tartamudear; y sin más preámbulos salimos de allí. Primero intentamos el motel que solíamos visitar, pero estaba lleno. – "No importaba, buscamos otro". Así que seguimos en la búsqueda, y mientras una pasadita de mano aquí y allá para aguantar las ganas hasta conseguir un nuevo paradero. 



Finalmente llegamos a Bayamón, a un motel que nunca habíamos ido. Subimos a la habitación y ahí la veo por primera vez: "La Silla". Pero no cualquier silla que encuentras en la mayoría de los moteles. ¡Esta era MEJOR! Al sentarme en ella, mi cuerpo quedaba a la altura perfecta y ángulo ideal para tocar los puntos que me harían explotar. Me bajo de ella y voy al baño para ponerme mi babydoll de niña traviesa; de esos que no duran mucho tiempo puestos. Él me pidió un momento para alistarse, entonces aproveché la oportunidad para esperarle abierta, mojada y lista en la silla. 


Al ver su rostro sorprendido y su cuerpo desnudo caminando hacia mí, mientras su erección crecía con solo observarme, me puse a temblar. Ya yo estaba derramando miel cuando me tocó. Era la primera vez que nos sentíamos piel con piel, completamente desnudos. Sentirlo entrar por primera vez en mí, fue como lanzarme de un paracaídas, abrazar el fuego con mi pecho, pararme en puntas y tocar el cielo, y tragarte de un buche todo mi deseo. Claro, habíamos fumado y el arrebato me tenía procesando cada toque como un choque eléctrico. Estábamos conectando en cuerpo y espíritu. No podíamos casi respirar, la pasión nos robaba el aliento. Nos queríamos consumir. Nos queríamos fusionar.


– “Siente lo rico que lo hacemos”, me susurró al oído mientras me apretaba y me lamía el cuello.


No podía pedir más. ¡Al fin conocía el éxtasis! Al fin me follaban con deseo. Al fin me follaban con amor. Su cuerpo y el mío se estaban comunicando mejor que nuestras palabras y algo me decía que estábamos llegando al punto de ebullición. Nos apretamos. Él gemía y yo apretaba. Nos estábamos acercando y yo no quería parar. Me miró a los ojos y sentí como se endurecía y me rozaba en sintonía con mi deseo. Me tocó donde me gusta y me puso a llover. Me puso a temblar y a girar mis caderas con desenfreno y velocidad. Lo apretaba. Me lo quería comer con la vagina. Pensé que ya había tocado la cima.  Hasta que me miró fijamente, enrojecido y con saliva derramándose en sus labios y me dijo:


– “Te voy a llenar”.



por ‘La que vomita fuego’

Playlist de Spotify para orgasmear al unísono.

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