Diario

"Las discotecas son para putas”

En su cabeza yo era una ridícula y no pertenecía ahí porque “no eres una de esas”.

¿Quién eres y porque dejas que esto continúe? – Me decía a mí misma cuando me miraba en el espejo, entre moretones y ojeras de tanto llorar, ante la situación autodestructiva de aquel entonces: mi novio.

El día que lo conocí, me miró profundamente, como un lobo que devoraría a su próxima presa: y así fue. Al día siguiente y el próximo volvimos a salir; la atracción era latente. Intuitivamente, sentía que era un jevo pasajero y que no me convenía, pero la ilusión de estar in love me cegó. Con el tiempo, entre mensajes de textos hora tras hora, jangueos interminables y “sleep overs” diarios llenos de sexo carnal, me envolví. Comenzamos a convivir y por consecuente su ‘yo’ real salió a relucir. Ahora entiendo lo que para mí en aquel entonces eran síntomas de “amor”.

Fueron varios episodios progresivos. Ya una vez instalada en su casa, no salía con nadie más que él y sus amigos. Siempre estaba con él. Si casualmente, me encontraba a algún conocido (lo cual es inevitable ya que en San Juan todos nos conocemos), el saludo era de lejos. Yo sabía que esa mentalidad posesiva  -que yo no saludara a mis panas - era irreal, pero le seguía el juego conforme a sus reglas para que todo fluyera. Me limitaba a ser yo misma por estar con él, mientras por dentro comenzaba a sentir un vacío extraño. Algo andaba mal.

Una noche de copas en el patio de su casa, mientras intentábamos hablar de la vida, pasadas experiencias y futuros planes (como suelen hacer las parejas), me juzgó. Gritaba furiosamente insultos que no quiero mencionar y asustada caí al piso. Me arrastró hasta la cocina, pero cuando me vio llorar, al instante, pidió perdón: “te amo” -decía. Naturalmente, mi inmediata acción fue huir, traté, pero me agarró. Lloraba como nunca, por miedo y desilusión, pero seguí con él porque sí. El make up sex era tan ardiente y pasional que tenía fe en que todo mejoraría. Él trataba firmemente de hacerme sentir bien por los próximos días y lo lograba con flores, cenas, regalitos… y me volvía a cegar. De ahí en adelante, los moretones eran parte de mí.

Todo giraba a su alrededor y lo que a él le gustara: comida, música, pasatiempos, nuestra vida social, familiar y hasta mi vida personal-profesional. Lentamente, lo que yo quería se iba desvaneciendo en lo que él quería. Mi recorte de cabello, la ropa que utilizaba, el jangueo con mis amigas, hasta salir a bailar – donde único yo sentía libertad - se convirtió en un problema. En su cabeza yo era una ridícula porque según él “las discotecas son para putas” y yo no pertenecía ahí porque “no eres una de esas”, decía. Sin embargo, ese era uno de sus insultos favoritos en la cama. Me lo decía al oído cada vez que “hacíamos el amor”. Irónico, ¿no?

Un viernes, porque sus amigos iban al club, fuimos a bailar. Ya adentro, cuando unas amistades mías se acercaron a saludar, se enfureció de celos, perdió el control y empezamos a discutir. En plena adrenalina, me agredió y hasta me mordió. No podía creer el escenario: éramos un espectáculo en vivo para personas que hace mucho no veía por complacerlo a él. En episodios anteriores, usaba “concealer” para ocultar esas “manchas de amor” y una sonrisa falsa que servía de fachada para la inmensa tristeza que sentía por dentro. Pero esa noche, no lo pude ocultar. Públicamente, era obvio que la relación estaba mal.

Cada vez que me miraba en el espejo y veía las marcas, surgían dudas. ¿Quién soy? ¿Cuáles son mis límites? ¿Por qué dejo que esto me pase? ¿Por qué sigo aquí? Entonces, él entraba a mi nube con su palabrería y volvía a caer. El juego psicológico era parte de nuestra “rutina amorosa” destructiva: primero la tensión acumulada, después los dichosos episodios que yo continuaba perdonando y después el honeymoon. Me convencía que éramos soulmates con un rico sexo y mientras me decía constantemente que me amaba, me desvalorizaba con sus acciones violentas que siempre volvían a suceder.

Es bien difícil pensar que vas a estar envuelta en una relación de maltrato, físico o psicológico, pero a veces, por muchas razones, sucede. Te dejas llevar por el sexo, el romance tóxico y el momento, uno o dos años más tarde, no te reconoces a ti misma. Cuento mi historia porque es importante para quien la lea y esté pasando por algo similar darse cuenta que no lo merece y que es posible salir adelante. Que ningún ser humano, hombre o mujer, debe ser maltratado, manipulado o abusado, ya sea con palabras, acciones agresivas o sexuales. Con esta relación, aprendí que la persona que escojas para acompañarte debe mejorar tu camino; no hacerlo más difícil. Si alguien está tratando de tumbar la fuerza natural de tu espíritu a través de sus debilidades, libérate y déjate ser


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