Diario

El verano en que me cantó en gallo

El hecho de pensar en un animal tan poco femenino como un gallo, mientras veía, por primera vez, mi ropa interior manchada con sangre...

Si eres una mujer puertorriqueña o pasaste tu pubertad aquí, seguramente has escuchado la frase: “Te cantó el gallo”. Pero en caso de que no la conozcas, se refiere a la primera menstruación de una mujer.

Recuerdo el día en que por primera vez escuché ese conjunto de palabras, y la sensación de desagrado y tristeza que me provocaron. El hecho de pensar en un animal tan poco femenino como un gallo, mientras veía, por primera vez, mi ropa interior manchada con sangre, no era un sentimiento muy placentero que digamos. De hecho, es una comparación bastante abrupta para una niña de 12 años a quien nunca le hablaron sobre los cambios naturales que su cuerpo iba a experimentar.

Ese día estaba en la casa de mi tía, donde me había quedado durante las vacaciones de verano. Un verano inolvidable, pero no particularmente por lo bien que la pasé o lo mucho que jugué, sino por la bellaquera insaciable que sentí durante los dos meses antes de mi primera menstruación. La desesperación que me causaba no saber lo que estaba pasando con mi cuerpo; no entender por qué razón necesitaba masturbarme todo el tiempo y en todo lugar, y la urgencia que tenía de salir corriendo hacia el baño más cercano para saciar ese instinto.

En cierto punto fue tanto el afán que decidí hablarlo con mi madre -totalmente avergonzada por supuesto- pero más que nada, preocupada por lo que me estaba pasando. Ella, como buena mujer de Dios, me aconsejó entregar mi dolencia en oración. Seguí sus consejos, pero no tuve éxito alguno, pues no era Dios, sino las hormonas las que me tenían descontrolada.

Finalmente “me cantó el gallo” y todos en la casa celebraban o se mofaban, nunca lo pude definir. Pregunté qué hacer y mi tía me dirigió al botiquín de su baño donde guardaba las toallas sanitarias “Maxi Overnight” que ella utilizaba. Me puse una y al instante la odié. Sentía que tenía un pañal de bebé metido entre las piernas, por desgracia aún no conocía lo que era una copa menstrual, pero al menos temporeramente, la bellaquera insaciable por fin cesó.

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